Punkt #60: Herencia
Hoy jugamos la final del mundial
Primer Punto
Son las 4:00 a.m. Mi esposa y mi hijo duermen en silencio en la habitación de al lado. No es que no pueda dormir, sino que he decidido no hacerlo, todo por un juego.
Me encuentro celebrando en silencio para no despertarlos. No pienso en que en cuatro horas tenga que despertarme para comenzar mi día, como si nada hubiera pasado.
Pienso que el nacionalismo solo tiene cabida en el deporte, sí, en el deporte y en la literatura. Curiosamente, ambas, influenciadas por factores externos: deportes que no inventamos nosotros, literaturas nacionales que se crean a partir de traducciones de tradiciones literarias ajenas que nos llegan y conectan con nosotros por alguna razón desconocida, más que el aspecto en común que tenemos todos, ser humanos y nuestra necesidad innata de contar historias y comunicarnos.
Son las 4:00 am y me veo celebrando una victoria que nos lleva a la final, en un deporte, en un mundial del que no todos hablan, sobre todo en el país en el que estoy. Pero un deporte al fin, que de alguna forma nos pertenece, porque nosotros no jugamos al Baseball, jugamos béisbol.
Lo inefable
Venezuela no ha sido, en su tradición literaria, un país de grandes novelas. Aunque las haya, no han tenido el reconocimiento que merecen. Pero sí somos un país de cuentos, de los mejores de la lengua hispana y, sobre todo, somos un gran país de poesía.
La naturaleza de nuestra cultura y de nuestras tragedias nos obliga a pensar de esa forma. No tenemos tiempo para extendernos en grandes historias, sino más bien en la fugaz intensidad del cuento y en la abstracta belleza de nuestra poesía con su inefabilidad y su pertenencia.
Y creo que el béisbol tiene mucho que ver con eso. Su dramatismo es largo y pausado, como una novela, de intermitencias intensas que como olas van y vienen. De capítulos que se pueden extender, sin más, de percibir el final que solo aumenta el miedo, bien sea de culminar la victoria o de remontar la derrota. Tal y como nuestros días, ahí en nuestra tierra. Encontramos en el béisbol esa pausa necesaria de nuestros días intensos.
Otros tienen el fútbol y tienen garantizada la intensidad y la pasión que puede evocar el cuento, su disfrute no da para más. Pocas historias se han escrito sobre el fútbol, mientras muchas hay, en la literatura y el cine, sobre el béisbol. Su larga pasión evoca y da tiempo a procesar la información y contarnos las historias del pasado. El béisbol le da tiempo a la amígdala del cerebro para procesar y acentuar los recuerdos emocionales ligados con el béisbol. Y a partir de ahí comenzar a contar.
Nuestra poesía y nuestros cuentos, por otro lado, compensan. Dice la gran Yolanda Pantin en su poema “Herencia”:
PERTENEZCO
a este pedazo de la tierra.
Reconozco como míos
el aire
que fue de mi infancia,
los relatos de mis padres
jóvenes y eternos,
cuanto su vista levantó
de estos valles
donde abreva el deseo.
Y quiero creer que solo alguien de nuestra tierra podría escribir estos versos. Porque nuestra herencia nos ha llevado a esas palabras, a esos versos específicos que otro país, quizás, no pudiera crear.
Porque nuestra herencia nos ha dado un deporte que cuenta historias, donde las tradiciones importan. La gorra ya raída sin color que nos ponemos solo los días del juego, y que volteada de adentro hacia fuera yace sin razón sobre la cabeza antes de empezar la séptima entrada como si el voltearla hiciera que nuestros bates pudieran despertar. Las cábalas y nuestras palabras. Nuestras traducciones y nuestras grafías, porque tampoco damos un Home Run, nosotros damos jonrones. El guante de la niñez con el cuero pelado, ya amoldado a nuestra mano, las pelotas hechas de teipe, las cartas coleccionables y la pelotica de goma para jugar en la calle a mano limpia con las manos bien sucias.
Todo esto es también nuestra poesía, nuestros cuentos, nuestra herencia y nuestra tradición.
Punkt final
Todavía hay tiempo, dice Tobías Wolff en su cuento “Bala en el cerebro” que traduje y compartí en otro Punkt. Todavía hay tiempo, dice, mientras procede a narrar el último recuerdo del personaje principal justo antes de morir, un último recuerdo de su niñez jugando al béisbol. Un recuerdo que lo formó y lo hizo ser quien es.
Todavía hay tiempo, porque en el béisbol siempre lo hay. Siempre hay tiempo para lanzar una pelota, para comentar una jugada y contar una historia. De niño recuerdo tardes enteras jugando al béisbol junto a mi padre y mi hermano en el patio de casa de mi abuela, con mi abuelo viéndonos desde la puerta. Recuerdo el abrazo eterno por la victoria de nuestro equipo.
El béisbol es nuestra forma de sanar, de sanar nuestra tierra y también nuestro sentimiento de nacionalidad.
Cuando era niño me preguntaba por qué no hacían mundiales de béisbol, en el 2006 todo cambió con el clásico mundial, pero no es hasta ahora, hasta hoy que podemos decir que esta noche jugamos la final del mundial.


